Introducción
Entender la voluntad de Dios, es decir, sus decretos, y esto relacionarlo con el problema del mal y la voluntad humana o, libre albedrío, son cuestiones difíciles en gran parte a causa de los limitados conocimientos de la mente humana al carácter esencial del pecado, el alcance de la voluntad humana al compararse con la voluntad divina, y del verdadero y final propósito de Dios.
El problema moral, o el hecho que el mal está presente en un universo sobre el que Dios reina supremo, y el problema de la voluntad, o la aparente irreconciliabilidad del libre albedrío del hombre y la soberanía de Dios. Son los dos temas que vamos a examinar.
El problema moral

L presencia permitida del pecado en el universo sobre el que el infinitamente santo Dios rige introduce un choque de ideas que en todas sus implicaciones ninguna mente humana puede armonizar.
Dios, quien es infinitamente Santo, siendo libre para crear o no crear y para excluir el mal de lo que ÉL había creado, no obstante, ha permitido que aparezca el mal y que siga su curso en esferas humanas y angélicas.
Las Escrituras afirman con abundante certeza que (a) Dios es Todopoderoso y que, por tanto, no se podía imponer el pecado contra Su voluntad permisiva; (b) que Dios es perfectamente Santo y que aborrece el pecado ilimitadamente; y (c) que el pecado está presente en el universo con todo el daño para los seres creados y que este daño a causa de que algunos dejan de entrar en la gracia redentora, seguirá sobre ellos por toda la eternidad venidera.
Los aparentes conflictos de ideas evidentemente no tienen realidad ni existencia en la mente de Dios.
1. La Naturaleza Esencial del pecado
El problema del pecado en el universo de Dios es minimizarlo al grado ínfimo cuando se estudia la precisa naturaleza del pecado.
El problema de cómo el mal podría entrar en el universo y hallar su manifestación sólo por el permiso divino, es más difícil de comprender.
Ciertamente un permiso pasivo divino no genera una impelente disposición para el mal. Este aspecto de toda la averiguación por permitir el pecado es sin duda su intrínseca esencia o naturaleza, y está enteramente fuera de la línea de la comprensión finita.
Pero no es posible ninguna demostración de la gracia, a menos que haya objetos de la gracia, y no podría haber objetos de la gracia aparte de la presencia y la experiencia del pecado.
Que el pecado es infinitamente malo está demostrado por la ruina que ha traído entre los ángeles, la presente depravación de la humanidad con todas sus calamidades, y el hecho de que ningún remedio para el pecado se pudo hallar a un costo inferior que la sangre del Hijo de Dios.
Él es digno de confianza y se puede confiar en Él eternamente. “El hace bien todas las cosas”, y es la esperanza valiosa de cada creyente de que estará satisfecho cuando despertare a Su semejanza (Sal. 17:15).
2. El Hecho de permitir el pecado
Hablamos de decretos llamados eficaces y los que se les llama permisivos. Los decretos eficaces son los que determinan las cosas que ocurren por causas físicas (Job 28:26), y por fuerzas espirituales (Fil. 2:13; Ef. 2:8, 10; 4:24). Los decretos permisivos abarcan solo aspectos morales que son malos. El término permisivo indica que Dios no promueve activamente la ejecución de los decretos que están de esta manera indicados.
“En las edades pasadas él ha dejado todas las gente andar en sus propios caminos” (Hch 14:16).
Con respecto a su voluntad permisiva se alega, Dios determina no estorbar el curso de la acción que Sus criaturas persiguen; pero Él determina regular y controlar las fronteras y los resultados de tales acciones.
Se le dará la debida consideración al hecho que, al permitir el pecado, Dios decreta lo que más aborrece, y lo que, como se ha notado, a Él le costaría el más grande de todos los sacrificios. Tal decreto está relacionado con Su “buena voluntad”, sólo hasta el punto en que, por razones que sólo ÉL conoce, permite la entrada del pecado y su precedente proceder.
La manifestación del mal tiene que seguir su curso determinado y llegar a su meta propuesta. Dios creó a los ángeles y a los hombres con el pleno conocimiento que pecarían.
Todo el mundo debe saber que todas y cada una delas virtudes o servicio digno es efectuado por el poder habilitador del Espíritu de Dios; todavía, al conferir sus galardones, no se espera que Dios diga Yo reclamo la más grande participación en todo lo que vosotros hicisteis por mi.
El mal permitido divinamente en la esfera humana se extiende a través desde el primer pecado de Adán. Está escrito que Dios endureció el corazón de Faraón a fin de que pudiera hacer una demostración completa del poder divino. A través de esa demostración todos los egipcios llegaron a conocer algo de Jehová (Ex. 14:4).
Dios dijo al rey Saúl que si hubiera guardado los mandatos que les había dado, su casa hubiera sido establecida para siempre (1 Sam. 13:13); sin embargo, se había determinado por decreto y se había predicho proféticamente que el trono eterno y el reino de Israel habría de venir a través de la tribu de Judá y no de la de Benjamín, a la que pertenecía Saúl (Gn. 49:10).
Entonces, se puede concluir que, que el pecado está en el mundo porque Dios lo permite, lo que Él aborrece perfectamente y que, siendo soberano, tenía poder para impedir su manifestación si Él hubiera escogido hacerlo así. El que Él no haya impedido la manifestación del pecado demuestra que Él, siendo quien es, debió haber tenido un propósito a la vista distinto de evitar el pecado.
El problema de la voluntad

Si Dios es soberano y sólo pueden ocurrir las cosas que están determinadas en Su decreto, ¿hay alguna esfera exceptuada en que la criatura humana pueda ejercitar si libre albedrío? O, de otro modo, ¿podría la voluntad humana actuar siempre fuera de la voluntad de Dios? Y si no, ¿es su acto libre?
Se ha revelado que la perfecta humanidad de Cristo fue enteramente sujeta a la voluntad de Su Padre. Estás escrito acerca de El que “entrando en el mundo dice:… He aquí que vengo… oh Dios, para hacer tu voluntad” (He 10:5-7), y el primer paso en la salvación por parte de aquellos para quienes se ha provisto la redención es que ellos obedezcan el evangelio (Hch 5:32; 2 Ts. 1:8; He 5:8; 1 P. 4:17).
La elección humana de lo que es bueno, como escoger lo que es malo se origina en el interior, y es libre en el sentido de que el individuo no es consciente de que alguna necesidad sea impuesta sobre él. Siendo que la acción humana es restringida no por otra cosa que por la persuasión moral o por emociones, la pregunta hasta qué punto es libre la voluntad humana.
La Escritura enseña que hay restricciones múltiples sobre la voluntad. En cuanto a los inconversos se asegura que ellos siendo hijos de desobediencia Satanás les da la energía (Ef. 2:2); y, en cuanto a los regenerados la revelación es que “Dios es el que en vosotros produce” (Fil. 2:13), hecho que denota un dominio casi ilimitado sobre los salvos.
Así que en la familia humana nadie será libre por una influencia superior. La Biblia afirma plenamente que Dios influencia a los no regenerados, hasta cierto punto (Jn 1:9; Ro. 1:19-20; 2:14-15; Ef. 2:2; 1 P. 5:8), así como Satanás y el poder de la naturaleza caída influencia al regenerado.
Por ese motivo la influencia de Dios sobre los regenerados debe ser ejercitada (1 P. 3:15; Hch 1:8; Col. 4:5-6; 1 P. 2:12).
Cristo declaró: “Ninguno puede venir a mí, si e Padre que me envió no le trajere” (Jn 6:44);y el apóstol ha escrito por el Espíritu: “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no procede de vosotros, pues es don de Dios” (Ef. 2:8; Fil. 1:29).
Así también se registra en 2 Ts 2:11 que Dios dará a la gente de la edad de la tribulación venidera “un poder engañoso” para que crean la mentira. Este engaño es con el fin de que todos ellos puedan ser juzgados, los que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. No es un mero acto permisivo aquí o en el caso de Faraón. Definitivamente se dice que Dios es la causa de estos estados del corazón, así como la causa de la ceguera de Israel.
“De manera que de quien quiere, tiene misericordia, a quien quiere endurecer, endurece” (Ro. 9:18).
La voluntad de la criatura es una creación de Dios, Él hizo la voluntad de la criatura como un instrumento por el que Él puede cumplir su propósito soberano y es inconcebible que alguna vez se fruste Su propósito.
El hombre se enorgullecen de que Él se gobierna por juicio experimental, pero Dios es capaz de fomentar cada uno y todo pensamiento o determinación de la mente humana. Dios moldeará y dirigirá en todas las causas secundarias hasta que Su propio eterno propósito sea una realidad.
Su elección es segura; porque a los que predestinó a ellos llama; y a los que llama, a ellos Él justifica; y a los que justifica, a ellos Él glorifica (Ro. 8:28-30). Cuando predestina, Él asume la responsabilidad de crear, llamar, salvar y de completar de acuerdo a Su propósito. Al llamar Él los mueve para creer para salvación de sus almas, a los que ÉL ha escogido. Al justificar Él provee un sustituto y eficaz Salvador quien por Su muerte y resurrección Él es legalmente capaz de colocar al primero de los pecadores en una relación tan perfecta con Él como la de Su propio Hijo. Y al glorificar, Él perfecciona todo ese amor infinito que ha proyectado.
Conclusión
La elección divina es absoluta. Si esto le parece a alguien que es quitar las cosas de las manos de los hombres y encomendarlas a las manos de Dios, al menos debe concederse que, cuando así se encomienda a Dios, las cosas están en buenas manos y éste, después de todo, es el mismo universo de Dios en donde Él tiene derecho soberano para hacer según los dictados de Su propia voluntad.

Contundente, pues así es la soberanía de Dios. Que nunca se dude de que Dios tiene el control de TODO, y todo es para Su gloria. Amén.
Amén, así es, Dios tiene siempre el control de todo, y lo mejor es que todo es bueno