La naturaleza del verdadero arrepentimiento
El arrepentimiento es una medicina espiritual compuesta de 6 ingredientes especiales:
- Visión del pecado.
- Dolor por el pecado.
- Confesión del pecado.
- Vergüenza por el pecado.
- Odio al pecado.
- Volverse del pecado.
Si se omite alguno de estos ingredientes, el arrepentimiento pierde su eficacia.
Ingrediente 1: La visión del pecado

La palabra nos hacer los ojos (Hch 26:18). “Si ellos volvieren en sí” (1 R. 8:47). Primero debemos reconocer y considerar cuál es nuestro pecado, antes de poder humillarnos adecuadamente por ello.
De esto, infiero que Donde no hay visión del pecado, no puede haber arrepentimiento. Muchos que ven los fallos de los otros no ven los suyos (Lc 6:41-45). Proclaman que tienen un buen corazón.
Las personas tienen un velo de ignorancia y amor propio; por lo tanto, no ven que su alma está deformada.
Ingrediente 2: El dolor del pecado

Me contristaré por mi pecado (Sal 38:18)
Ambrosio llama al dolor “la amargura del alma”. Esto es lo que debe suceder en el verdadero arrepentimiento: “Mirarán a mí, a quien traspasaron y llorarán” (Zac 12:10), como si sintieran los clavos de la cruz clavados en sus costados.
Si alguien puede arrepentirse sin dolor, debe sospechar de su arrepentimiento.
Los mártires derramaban su sangre por Cristo y los que se arrepienten derraman lágrimas por el pecado: “y estando detrás de él a sus pies, llorando” (Lc 7:38).
La persona que se arrepiente de verdad se esfuerza por tener el corazón en una actitud de dolor. Aunque el pan del dolor es amargo al gusto, fortalece el corazón (Sal 104:15; 2 Co 7:10).
Este dolor por el pecado no es superficial: es una agonía santa. En las Escrituras se le llama quebrantamiento de corazón: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado” (Sal 51:17); y rasgad el corazón: “Rasgad vuestro corazón” (Jl 2:13).
Las expresiones de herir el muslo (Jer. 31:19), golpear el pecho (Lc. 18:13), vestir colicuo (Is. 22:12), arrancar pelo (Esd. 9:3), son signos externos de dolor interior.
Este dolor es:
- Hacer precioso a Cristo. ¡Oh, cuánto desea un Salvador el alma turbada!. El corazón no será apto para Cristo hasta que esté totalmente compungido.
- Expulsar el pecado. El pecado engendra dolor y el dolor mata el pecado.
- Dar paso a un consuelo sólido: “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” (Sal 126:5). Ana, después de llorar, se fue y no estuvo más triste (1 Sam. 1:18).
Pero no todo dolor es evidencia de arrepentimiento. El apóstol habla del dolor “según Dios” (2 Cor. 7:9). Pero, ¿Qué es este dolor según Dios? Tiene 6 características:
- El verdadero dolor según Dios es interno
Es un dolor del corazón. Los hipócritas ponen caras triste, pero su dolor no va más allá. El arrepentimiento de Acab fue un espectáculo externo. Sus ropas estaban rasgadas, pero su espíritu no
(1 R. 21:27). El dolor según Dios es profundo. “Al oír esto, se compungieron de corazón” (Hch 2:37).
Es un dolor por los pecados del corazón, los primeros brotes y agitaciones del pecado. EL que llora verdaderamente llora por los primeros indicios del orgullo y la codicia. Se aflige por la raíz de la amargura.
2. El dolor según Dios es sincero
Es el dolor por la ofensa más que por el castigo. Se ha infringido la ley de Dios, y se ha abusado de su amor. Los hipócritas se afligen solo por la amarga consecuencia del pecado. Faraón estaba más turbado por las ranas y el río de sangre que por su pecado.
Sin embargo, el dolor según Dios es principalmente por la transgresión contra Dios. “No pecado está siempre delante de mi” (Sal 51:3). ¿Cómo puedo adémate a un Dios tan bueno, o entristecer a mi Consolador? ¡Esto me rompe el corazón!
3. El dolor según Dios es fiel
Esta mezclado con la fe: “E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo” (Mr 9:24).
De la misma manera que nuestro pecado está siempre delante de nosotros, también la promesa de Dios debe estar siempre delante de nosotros.
4. El dolor según Dios es un gran dolor
“En aquel día habrá llanto en Jerusalén, como el llanto de Hadadrimón” (Zac. 12:11). El día en que murió Josías se pusieron dos soles y hubo un gran duelo fúnebre. El dolor por el pecado debe llegar a
este punto.
Pregunta 1: ¿Tienen todas las personas el mismo grado de dolor?
No, en el nuevo nacimiento todos tienen dolores, peor los de algunos son más agudos que de otros.
- Algunas personas tienen de forma natural una constitución más robusta, un espíritu elevado y no se rebajan con facilidad. Estos necesitan mayor humillación.
- Algunas personas haba creado de forma más atroz y su dolor debe ser adecuado por su pecado.
- Algunas personas han sido diseñadas para un servicio más elevado, para ser instrumentos eminentes para Dios; y estas deben recibir una obra de humillación más poderosa. Aquellas a quienes Dios va a usar como pilares en Su iglesia deben ser más labradas.
Pregunta 2: ¿Cuán grande debe ser el dolor por el pecado en todos?
Debe ser tan grande como para cualquier pérdida mundana. “Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito” (Zac. 12:10). El dolor por el pecado debe superar el dolor mundano. Debemos afligirnos más por ofender a Dios que por la pérdida de seres queridos. “El Señor, Jehová de los ejércitos, llamó en este día a llanto y a endechas, a raparse el cabello y a vestir cilicio” (Is. 22:12): esto era por el pecado. Y con razón, porque el entierro de los muertos es solo un amigo que se va, pero en el pecado es Dios quien se va.
Debemos tener tanta amargura al llorar por el pecado como la dulzura que tuvimos al cometerlo. Sin duda, David tuvo más amargura en el arrepentimiento que consuelo con Betsabé.
5. El dolor según Dios en algunos casos está relacionado con la restitución.
Si alguien ha perjudicado a terceros en su patrimonio por actos injustos y fraudulentos, en conciencia debe recompensarlos. “Aquella persona confesará el pecado que cometió, y compensará enteramente el daño, y añadirá sobre ello la quinta parte, y lo dará a aquel contra quien pecó” (Nm. 5:7). Así como Zaqueo restituía: “si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado” (Lc. 19:8).
¿No debería el credo de un cristiano ser mejor que el Corán de un turco?
Pregunta 1: Supongamos que una persona a perjudicado a otra en su patrimonio y la persona perjudicada está muerta. ¿Qué debería hacer?
Que restablezca sus bienes adquirirlos injustamente a los herederos y sucesores de esa persona. Si ninguno de ellos vive, devuélvalos a Dios, es decir, que ponga su ganancia injusta en el tesoro de Dios aliviando a los pobres.
Pregunta 2: ¿Qué pasa si la persona que hizo el mal está muerta?
Sus herederos tienen que hacer restitución. Los herederos que poseen esos bienes están obligados en conciencia a hacer restitución. De lo contrario, acarrean la maldición de Dios sobre su familia.
Pregunta 3: Si una persona ha perjudicado a otra y no es capaz de restaurar ¿qué debe hacer?
Que se humille profundamente ante Dios, prometiendo a la parte perjudicada satisfacción plena si el Señor se lo permite y Dios aceptará la intención por la acción.
6. El dolor según Dios permanece
Unas cuantas lágrimas derramadas apasionadamente no son suficientes. Algunos lloran en un sermón, pronto termina, la enfermedad de tu alma es crónica y vuelve a menudo, por lo tanto el arrepentimiento
es continuo. Este es el dolor que tiene un “carácter según Dios”.
Algunos han vivido muchos años, pero nunca derramaron una gota en la redoma de Dios; ni saben lo que significa un corazón quebrantado. Lloran y retuercen las manos como si estuvieran destrozados cuando pierden las propiedades, pero no tienen agonía en el alma por sus pecados.
Existe un doble dolor, en primero lugar, un dolor racional, que es un acto del alma por el cual no le gusta el pecado y elige cualquier tortura en lugar se admitía el pecado; un dolor sensible, que se expresa con
muchas lágrimas. El primero se encuentra en todos los hijos de Dios, pero no todos tienen el segundo, que es un dolor que brota de los ojos.
Solemos llorar por la pérdida de algún gran bien; pues bien, por el pecado hemos perdido el favor de Dios. Si Miqueas lloró por la pérdida de un dios falso, diciendo: “Tomaste mis dioses que yo hice y al sacerdote, y os vais; ¿qué me queda?” (Jue. 18:24), entonces esta bien que lloremos por nuestros pecados que han alejado al verdadero Dios de nosotros.
Hay dos momentos especiales en los que debemos renovar nuestro arrepentimiento.
Antes de recibir la Cena del Señor.
Otro momento de arrepentimiento extraordinario es la hora de la muerte. Debemos arrepentirnos ahora, por haber pecado tanto y llorado tan poco. Debemos arrepentirnos de que no amamos más a Cristo, de que no hemos procurado más virtud de él y no le hemos rendido más gloria. Nuestras obligaciones, tan contaminadas por el pecado; nuestra obediencia, tan imperfecta; cuando el ama sale del cuerpo, debe nadar al cielo en un mar de lágrimas.
Ingrediente 3: La confesion del pecado

“La descendencia de Israel, estando en pie, confesaron sus pecados” (Neh 9:2). “Andaré y volveré a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado” (Os. 5:15).
Gregorio Nacianceno dice que la confesión es “un bálsamo para el alma herida”.
La confesión es autoinculpártelos “Yo pequé” (2 Sam 24:17); y la verdad es que, con esta autoinculpación, evitamos que Satanás nos acuse. En nuestras confesiones nos inculpamos de orgullo, infidelidad y pasión, de como que cuando Satanás, llamado “el acusador de los hermanos”, ponga estas cosas a nuestro cargo, Dios dirá: “Ellos ya se haba bisado a sí mismos; por lo tanto, Satanás, tu juicio es desestimado; tus acusaciones llegan demasiado tarde”.
Se sienta en el juicio y dicta amérennos sobre sí mismo. Confiesa que merece ser entregado a la ira de Dios. Y escuchas lo que dice el Apóstol Pablo: “Si pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1 Co. 11:31).
Para que nuestra confesión de pecado sea correcta u auténtica, se requiere ocho características:
- La confesión debe ser voluntaria
Cuando una chispa de la ira de Dios entra en su conciencia, o tienen miedo de la muerte, entonces empiezan a confesar.
Balaam, cuando vio la espada desnuda del ángel, dijo: “He pecado” (Nm 22:34). Pero la verdadera confesión desciende de los labios como miel del panal. “He pecado contra el cielo y contra ti” (Lc. 15:18): El hijo pródigo se acusó de pecado antes de que le acusara su padre.
2. La confesión debe ser con compunción
El corazón debe sentirlo profundamente. Pero la verdadera confesión deja huellas de dolor en el corazón.
David tenía un peso en el alma en la confesión de sus pecados: “como carga pesada se han agravado sobre mi” (Sal 8:4).
Una cosa es confesar el pecado y otra es sentir el pecado.
3. La confesión debe ser sincera
Nuestro corazón debe coincidir con nuestras confesiones. El hipócrita confiesa su pecado, pero todavía lo ama.
Agustín dijo que antes de su conversión confesaba el pecado y suplicaba poder contra él; pero su corazón susurraba en su interior: “Todavía no, Señor”.
El buen cristiano es más honrado. Está convencido de los pecados que confiesa y aborrece los pecados de los que está convencido.
4. En la verdadera confesión el hombre especifica el pecado
Confiesa su pecado en término generales. Una persona malvada dice: “Señor, he pecado”, pero no sabe cual es el pecado al menos no se acuerda; mientras que el que se ha convertido verdaderamente reconoce sus pecados concretos.
El pecador afligido confiesa las varias enfermedades de su alma. Israel formuló una acusación específica contra él mismo: “Hemos servido a los baales” (Jue. 10:10), “No hemos obedecido a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron” (Dn 9:6).
Cuando un examen diligente de nuestro corazón, podemos encontrar algún pecado específico con el que hemos sido indulgentes; señalad ese pecado con una lágrima.
5. El verdadero arrepentido confiesa el pensado en la fuente
El pecado de nuestra naturaleza no es solo una privación del bien, sino una infusión del mal. Es como óxido al hierro.
David reconoce su pecado de nacimiento: “En maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal 51:5).
Tenemos la tendencia de responsabilizar de muchos de nuestros pecados a las tentaciones de Satanás, pero el pecado de nuestra naturaleza es enteramente nuestro; no podemos responsabilizar a Satanás.
Es esta depravación de la naturaleza lo que envenena nuestras cosas santas.
6. Se debe confesar el pecado con todas sus circunstancias y agravantes
Confesad los pecados contra el conocimiento, contra la gracia, contra los votos, contra las experiencias, contra los juicios. “Como sobre ellos el furor de Dios, e hizo morir a los más robustos de ellos. Con todo esto, pecaron aún” (Sal 78: 31-32).
7. En la confesión debemos inculparnos a nosotros de modo que Dios quede libre
Aunque el Señor sea severo en sus providencias y desenvaine su espada sangrienta, debemos eximirlo de culpa y reconocer que él no nos ha hecho ningún mal. Nehemías, al confesar el pecado, vindica la justicia de Dios: “Pero tú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros” (Neh 9:33).
8. Debemos confesar nuestros pecados con la determinación de no cometerlos de nuevo
Muchos parecen matar sus pecados en sus confesiones, pero después los dejan crecer tan rápido como siempre. “Dejad de hacer lo malo” (Is. 1:16).
En vano confesamos: “hemos hecho esas cosas que no deberíamos haber hecho”, si a pesar de ello seguimos haciéndolas. Faraón confesó que había pecado (Éx. 9:27); pero cuando cesaron los truenos, volvió a caer en su pecado. “Se obstinó en pecar, y endureció su corazón” (Éx. 9:34).
Así vemos como se debe calificar a la confesión.
Uso 1: ¿Es la confesión un ingrediente necesario para el arrepentimiento?
- Reprende a los que esconden sus pecados, como Raquel escondió los ídolos de su padre sentándose sobre ellos (Gn 31:34). muchos preferirían cubrir sus pecados que curarlos. “Pero te reprenderé, y los pondré delante de tus ojos” (Sal 50:21). Los que no quieren confesar sus pecados como David, para que sean perdonados, confesarán su pecado como Acán, para que sean apedreados. “El que encubre sus pecados no prosperará” (Pr. 28:13).
- Reprende a los que confiesan el pecado parcialmente. Confiesan pensamientos vanos o malos recuerdos, pero no los pecados cuya culpa es mayor. Pero si no lo confesamos todo ¿por qué debemos esperar que Dios lo perdone todo?
- Reprende a los que fragmentan y atenúan sus pecados en sus confesiones. El alma de gracia se esfuerza por ver lo peor de sus pecados, pero los hipócritas buscan lo mejor de ellos. No niegan que
- sean pecadores, sino que hacen lo que pueden para rebajar la gravedad de sus pecados. Son excusas más que confesiones. “Yo he pecado; pues he quebrantado el mandamiento de Jehová, porque temí al pueblo” ( 1 Sam. 15:24). Saúl culpa al pueblo: ellos le hicieron perdonar las ovejas y a los bueyes. Sir una excusa, no una autoinculpación. Adán reconoció que había comido del fruto prohibido, pero en lugar de considerar su pecado con la gravedad adecuada lo achaco a Dios: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gn 3:12).
Reprende a aquellos que están tan lejos de confesar el pecado que lo defienden osadamente. En lugar de tener lágrimas de lamentación, usan argumentos para defenderlo. Lo justificarán diciendo: “Mucho me enojo” (Jon 4:9). Cuando los hombres comenten pecado, son siervos del diablo; cuando lo defienden, son abogados del diablo.
Uso 2: Mostrémosno arrepentidos por medio de la confesión sincera de nuestro pecado. El ladrón de la cruz confesó su pecado: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos” (Lc. 23:41). Y Cristo le dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23:43).
Para que nuestra confesión sea libre y sincera de pecado, tengamos en cuenta que:
- La confesión santa da gloria a Dios: “Hijo mío, da gloria a Jehová el Dios de Israel, y dale alabanza” (Jos. 7:19). La confesión humilde exalta a Dios. Cuando confesamos el pecado, la paciencia de Dios se magnifica al perdonarnos.
- La confesión es un medio para humillar el alma. El que se describe así mismo como un pecador que merece el infierno tendrá poco corazón para estar orgulloso. Los hijos de Dios, incluso cuando hacen el bien, reconocen que hay mucho mal en ese bien. Dejan todas sus plumas de orgullo en el polvo.
- La confesión da rienda suelta al corazón atribulado. La confesión traer alivio. Es como perforar un absceso, que alivia al paciente.
- La confesión purga el pecado. El pecado es mala sangre; la confesión en como abrir una ventana para dejarla salir.
- La confesión del pecado aumenta el amor a Cristo en nuestra alma. Si digo que soy un pecador, ¡cuan preciosa será la sangre de Cristo para mí! Pablo, después de confesar su cuerpo de pecado, alaba con gozo a Cristo: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo” (Ro. 7:25).
- La confesión de pecado abre paso al perdón. En el momento en que el hijo pródigo se presentó con una confesión en su boca: “He pecado contra el cielo” el corazón de su padre se conmovió para con él y lo besó. Cuando David dijo: “Yo he pecado”, el profeta trajo una caja con perdón: “Jehová a remitido tu pecado” ( 2 Sam. 12:13). El que confiesa sinceramente le pecado tiene el compromiso de Dios para el perdón: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonas nuestros pecados” (1 Jn. 1:9). La verdad y la justicia de Dios están implicadas en perdonar a ese hombre que conserva el pecado y acude por la fe en Cristo con un corazón arrepentido.
Cuan razonable y fácil es este mandamiento: condeses nuestro pecado.
Es un mandamiento razonable. Porque si alguien ha actuado mal contra otro, ¿qué hay más racional que confesar que ha actuado mal? Haciendo a creado mal contra Dios por el pecado, cuán lógico y razonable es que debamos confesar la ofensa.
Es una mandamiento fácil. En el primer pacto se decía: “Si pecáis, moriréis”; en el segundo pacto se dice: “Si confesáis el pecado, obtendréis misericordia. “Reconoce, pues, tu maldad” (Jer. 3:13)
Nos queda tratar un caso de conciencia: ¿Estamos obligados a confesar nuestros pecados a los hombres? Los papistas insisten mucho en la confesión auricular. Exhortan, “Confesaos vuestras ofensas unos a otros” (Stg 5:16), pero esta Escritura no es de gran utilidad para sus fines. También significa que el sacerdote debe confesar al pueblo, así como el pueblo al sacerdote..
Aunque no estoy a favor de la confesión a los hombres en un sentido papista, creo que existen tres casos en los que debe haberla:
En primer lugar, cuando una persona ha cometido un pecado escandaloso y con ello ha ofendido a algunos y ha hecho tropezar a otros. (2 Co. 2:6-7).
En segundo lugar, cuando alguien ha confesado su pecado a Dios, pero su conciencia todavía está cargada y no halla tranquilidad en su interior. En este caso es necesario que confiese sus pecados a
algún amigo prudente y piadoso, que pueda aconsejarle y darle una palabra a su debido tiempo (Stg 5:16). Si hay una espina en la conciencia, es bueno aprovechar la ayuda de los que pueden arrancarla.
En tercer lugar, si alguien ha calumniado a un tercero, y al recortar su buen nombre lo ha hecho menos influyente, está obligado a confesar. La persona que ha asesinado a otro en su buen nombre o, al dar falso testimonio, lo ha dañado en su patrimonio, debe confesar su pecado y pedir perdón: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo en contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mt. 5:23-24). Hasta que no se haga esto, Dios no aceptará vuestros servicios.
Ingrediente 4: la vergüenza del pecado

“Y avergüéncense de sus pecados” (Ez. 43:10). “Dios mío confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro” (Esd. 9:6). El hijo pródigo arrepentido estaba tan avergonzado de sus excesos que pensaba que ya no era digno de ser llamado hijo (Lc. 15:21). El arrepentimiento provoca una timidez santa.
Hay nueve consideraciones sobre el pecado que puede traer vergüenza:
- Todo pecado nos hace culpables y la culpa, regularmente, genera vergüenza. El pecado ha contaminado nuestra sangre. Somos culpables de alta traición contra la Corona del cielo.
2. Todo pecado conlleva mucha ingratitud y eso produce vergüenza. Hemos pecado contra Dios aunque él no nos ha dado motivo alguno para ello: “¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres?” (Jer. 2:5). ¿En que nos ha cansado Dios, ha menos que nos haya cansado con sus misericordias? Abusar de la bondad de un Dios tan bueno, ¡cómo debe avergonzarnos este hecho! Devolver la maldad por bien; dar voces contra quien nos alimenta (Dt. 32:15). La ingratitud es un pecado tan grande que Dios mismo se sorprende de él: “Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí” (Is. 1:2).
3. El pecado nos ha desnudado y eso puede avergonzarnos. Nos ha desnudado y avergonzado ante los ojos de Dios y eso puede causar rubor. Cuando Hanún había humillado a los siervos de David y les rasgó los vestidos de modo que se veía su desnudez, el frente dice: “estaban en extremo avergonzados” (2 Sam. 10:5).
4. Nuestros pecados han avergonzado a Cristo. La vergüenza de la Cruz. ¿Nuestros pecados han avergonzado a Cristo y no nos avergonzarán a nosotros?
5. Muchos pecados que cometemos son frutos de la instigación especial del diablo. ¿Y esto no debe avergonzarnos? El diablo puso en el corazón de Judas que traicionara a Cristo (Jn. 13:2). Él llenó el corazón de Ananías para que mintiera (Hch 5:3). A menudo agita nuestras pasiones (Stg 3:6). Cuando el corazón concibe orgullo, lujuria y malicia, es muy frecuentemente por el poder del diablo.
6. El pecado como la copa encantadora de Cirse, convierte a los hombres en bestias. (Sal 49:12) se compara a los pecadores con los zorros (Lc. 13:32), con los lobos (Mt. 7:15), con los asnos (Job 11:12)
y con los cerdos (2 P. 2:22). El pecador es un cerdo con la cabeza de un hombre. Agur, ese buen hombre, gritó “¡Ciertamente yo soy el más bruto de todos!” (Pr. 30:1-2).
7. En todo pecado hay necedad (Jer. 4:22). ¿No es necio quien por lujuria o por cosas insignificantes pierde el cielo? ¿No es necio quien está dispuesto a dañar su alma para salvaguardar su cuerpo? ¿No es necio quien quiere creer en una tentación antes que creer en una promesa?
8. Algo que también puede hacernos sonrojar es que los pecados que cometemos son mucho peor que los pecados de los paganos. A nosotros se nos han encomendado los oráculos de Dios. El pecado cometido por un cristianos es peor que el mismo pecado cometido por un indio porque el cristiano peca contra una convicción más clara.
9. Nuestros pecados son peores que los pecados de los demonios. Los Ángeles caídos nunca pecaron contra la sangre de Cristo. Cristo no murió por ellos. Pero hemos ofendido y menospreciado su sangre
por nuestra incredulidad.
Los demonios nunca pecaron contra la paciencia de Dios. Fueron condenados tan pronto apostataron. Dios nunca esperó a los ángeles, pero nosotros hemos gastado parte de la reserva de la paciencia de Dios.
Los demonios nunca pecaron contra el ejemplo. Ellos fueron los primeros que pecaron y fueron el primer ejemplo. Hemos visto a los ángeles, que caían de su gloria. Sodoma quemada y sin embargo nos
hemos arriesgado con el pecado.
Uso 1: ¿cuán lejos del arrepentimiento están aquellos que no tienes vergüenza? Muchos han alejado la vergüenza con el pecado: “el perverso no conoce la vergüenza” (Sof. 3:5). “¿Se han avergonzado de haber ello abominación? Ciertamente no se han avergonzado, ni aún saben tener vergüenza” (Jer. 6:15). Muchos no se avergüenzan de su pecado. Cuando los hombres tienen corazón de piedra es señal de que el diablo los ha poseído completamente.
Otros están tan lejos de avergonzarse del pecado que se glorían en sus pecados: “cuya gloria es su vergüenza” (Flm. 3:19).
Ingrediente 5: el odio al pecado

El odio a las abominaciones y el odio a la enemistad.
En primer lugar, hay odio a las abominaciones: “Os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades y por vuestras abominaciones” (Ez. 36:31). El verdadero arrepentido odia el pecado. Detestar el pecado es más que dejarlo. Se puede dejar el pecado por temor; Cristo no es amado hasta que el pecado es odiado. El cielo nunca es anhelado hasta que el pecado es odiado. “Señor, ¿cuándo seré liberado de este cuerpo de muerte? ¿Cuándo me quitaré estas sucias vestiduras de pecado y tendré la corona de gloria sobre mi cabeza? Que todo mi amor propio se convirtiera en odio propio” (Zac. 3:4-5).
En segundo lugar, existe odio a la enemistad. El arrepentimiento sano comienza en el amor de Dios y termina en el odio al pecado.
¿Cómo se puede conocer el verdadero odio al pecado?
- Cuando el espíritu de una persona se pone en contra del pecado. El corazón lo aborrece.
2. El verdadero odio al pecado es universal. El verdadero odio al pecado es universal de dos maneras: respecto a las facultades, y al objeto.
a. El odio es universal con respecto a las facultades; muchas personas están convencidas de que el pecado es una cosa vil, y en su juicio son reacios al mismo, sin embargo, prueban su dulzura y sienten una complacencia secreta en él. Esto significa desaprobar el pecado en el juicio y abrazarlo en los afectos. “Lo que aborrezco, eso hago” (Ro. 7:15). Pablo no estaba libre de pecado, pero su voluntad estaba en contra del mismo.
b. El odio es universal con respecto al objeto; se odia no solo el pecado, sino todo el pecado. “He aborrecido todo camino de mentira” (Sal. 119:104). Pablo odiaba las leyes del pecado (Ro. 7:23).
3. El verdadero odio contra el pecado es contra el pecado en todas sus formas. Las personas regeneradas aborrecen el pecado no solo por la maldición sino por el contagio.
4. El verdadero odio es implacable. Nunca más se reconciliará con el pecado.
5. Donde hay un odio real, no solo nos oponemos al pecado en nosotros mismos, sino también en los demás. La iglesia de Éfeso no podía soportar a los malos (Ap. 2:2). Pablo reprendió duramente a Pedro por su disimulación a pesar de que era un apóstol. Cristo, en un santo enojo, echó a los cambistas fuera del templo con un látigo (Jn 2:15). Él no podía permitir que el templo se convirtiera en una oficina de cambio. Nehemías reprendió a los nobles por su usura (Neh. 5:7) y por profanar el día de reposo (Neh. 13:17). Los que odian el pecado no soportarán la maldad de su familia: “No habitará dentro de mi casa el que hace fraude” (Sal. 101:7). Los que no sienten antipatía por el pecado son extraños al arrepentimiento. ¡Aquellos que aman el pecado en lugar de odiarlo, están lejos del arrepentimiento!
Pregunta: ¿Qué tiene el pecado que puede hacer que un arrepentido lo odie?
El pecado es cosa maldita, el apóstol Pablo usa una palabra muy enfática para expresarlo: “a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso” (Ro. 7:13).
- Mirad el origen del pecado, de dónde viene. “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio” (1 Jn 3:8). Cuán odioso resulta hacer las obras del diablo.
- Considerad la naturaleza del pecado y os parecerá odiosa. Deshonra a Dios (Ro. 2:23); desprecia a Dios (1 Sam. 2:30); provoca a ira a Dios (Ez. 16:43); molesta a Dios (Is. 7:13); quebranta el corazón de Dios.
- Considerad el pecado en su comparación y parecerá espantoso. Es peor que la aflicción, la enfermedad, la pobreza y la muerte. Hallaréis más maldad en una gota de pecado que en un mar de aflicciones, porque el pecado es la causa de las aflicciones y la causa es peor que el efecto.
- Mirad al pecado en sus consecuencias y resultados y os parecerá odioso. El pecado llega al alma. Por el pecado hemos perdido la imagen de Dios.
Ingrediente 6: volverse del pecado

La restauración es el último eslabón del arrepentimiento. El llanto y volverse del pecado se encuentran juntos en Joel 2:12. “Convertíos, y volveos de vuestros ídolos, y apartad vuestro rostro de toda vuestras
abominaciones” (Ez. 14:6). Este volverse del pecado se llama abandono del pecado (Is. 55:7). “Echar el pecado lejos” (Job 11:14). Morir al pecado es la vida del arrepentimiento. El mismo día que un cristiano se vuelve del pecado, debe comprometerse a un ayuno perpetuo. El ojo debe ayunar de miradas impuras. El oído debe ayunar de escuchar calumnias. La lengua debe ayunar de juramentos. Las manos deben ayunar de sobornos. Los pies deben ayunar del camino de la ramera. Y el alma debe ayunar del
amor a la maldad.
Hay un cambio en el corazón. El corazón de piedra ahora es un corazón de carne.
Hay un cambio en la vida. Volverse del pecado es tan visible que otros pueden discernirlo. Por lo tanto, se le llama un cambio de las tinieblas a la luz (Ef. 5:8; Hch 9:21). El arrepentimiento convirtió al carcelero en enfermero y médico (Hch 16:33). El arrepentimiento obra un cambio tan visible en una persona, como si otra alma habitase en el mismo cuerpo.
Pero existen alguno requisitos para que volverse del pecado sea completo:
- Debe ser un volverse del pecado con el corazón.
El corazón es lo que el diablo busca con más esfuerzo. Si el corazón no se vuelve del pecado, no es mejor que una mentira: “su hermana la rebelde Judá no se volvió a mí de todo corazón, sino dichosamente” (Jer. 3:10). Dios quiere que todo el corazón se vuelva del pecado.
2. Debe ser un volverse de todo el pecado
“Deje el impío su camino” (Is. 55:7). El verdadero arrepentido sale del camino del pecado.
3. Debe ser un volverse del pecado de forma espiritual
El acto de pecado puede ser restringido por temor o designio; pero un verdadero arrepentido se vuelve del pecado por un principio religioso, es decir, por el amor a Dios.
Esta es la manera más bondadosa de volverse del pecado.
Tres hombres se preguntas el uno al otro que les hizo dejar el pecado. Uno dice: “Pienso en el gozo del cielo”; otro dijo: “Pienso en los tormentos del infierno”; pero el tercero dijo: “Pienso en el amor de Dios y
eso me hace abandonarlo. ¿Cómo voy a ofender el amor de Dios?”.
4. Debe ser un volverse del pecado que vuelva a Dios
“Que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios” (Hch 26:20). Leemos en las Escrituras sobre un arrepentimiento de obras muertas (He. 6:1) y de un arrepentimiento para con Dios (Hch 20:21). El hijo pródigo arrepentido dejó a sus ramera, pero también se levantó y fue a su padre. Este era la queja de Dios, “volvieron, pero o al Altísimo” (Os. 7:16). En el verdadero arrepentimiento, el corazón apunta directamente a Dios.
5. El verdadero volverse del pecado es una vuelta sin retorno
“Efraín dirá: ¿Qué más tendré ya con los ídolos?” (Os. 14:8). Abandonar el pecado debe ser como abandonar el país natal y nunca más volver a él. Algunos parecían haberse convertido y haber vuelto del
rondado, pero regresaron a sus pecados otra vez. Es un regreso a la locura (Sal. 85:8).
Tal retorno al pecado constituye un reproche contra Dios: “¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí?” (Jer. 2:5). Volver al pecado da al diablo más poder sobre el hombre que nunca. “El postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que le primero” (Mt. 12:45).
El verdadero bichéese del pecado significa divorciarse de él, para no acercarse nunca más a él. “Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su
maldad” (Hch 3:26).
Uso 1: Aunque los hombres han visto tantos cambios externos, no hay ningún cambio en el interior: “el pueblo no se convirtió al que lo castigaba” (Is. 9:13).
Uso 2: Reprende a los que se han vuelto a medias. ¿Y quiénes son estos? Se vuelven a medias si se vuelven solo del pecado más grande, pero no tienen una obra interior de gracia. No valoran a Cristo ni aman la santidad. Pasan de jurar a calumniar, de abundancia a codicia, como el hombre enfermo que pasa de una fiebre terciaba a una cuartana. Este volverse llevará al hombre al infierno.
Uso 3: Mostrémonos arrepentido volviéndonos del pecado a Dios. Estas personas preferirían ser condenados que volverse: “abrazaron elengaño, y no han querido volver” (Jer. 8:5).
¿Con qué frecuencia nos llama Dios para que volvamos a él? “Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino” (Ez. 33:11). Dios prefiere las lágrimas de arrepentimiento que nuestra sangre.
Volver a Dios es para nuestro beneficio. Nuestro arrepentimiento no beneficia a Dios, sino a nosotros. “Si fueres sabio, para ti lo serás“ (Pr. 9:12).
Si nos volvemos a Dios, él se volverá a nosotros. Él quitará su ira de nosotros, y volverá su rostro hacia nosotros. “Mírame, y ten misericordia de mi” (Sal 86:16). “Volveos a mí, dice Jehová de los ejércitos, y yo me volveré a vosotros” (Zac. 1:3). Si Dios se vuelve a nosotros, todas las cosas serán para nuestro bien, tanto las misericordias como las aflicciones.
